Nuestro final ya no es un beso.
Nuestra agonía ya no termina en un abrazo.
Nuestros enfados, nuestra ira,
ya no acaban en esa lluvia de caricias enardecidas donde se firma la paz
en un tablero desordenado de gemidos y amor.
No llenamos las calles vacías, desiertas, abandonadas...
ni somos dueños de aquellos lugares que infinitos resonaban ante nuestros pasos
respirando especiales
con cada susurro que nuestros labios recitaban.
Ya no somos aquellos que conquistaban las plazas a golpe de versos,
ni llenamos los estrados con sobrecogedores gritos que ataban las conciencias a las columnas del presente.
Ya no calzamos el número impar que soñaban nuestros zapatos,
ni nos prohibimos hablar tapándonos la boca a besos
ni nos prohibimos llorar secándonos las lágrimas con el pañuelo de labios que guardábamos en nuestros bolsillos.
Después de tu despedida me di cuenta de que ya no volveríamos a ocultarnos entre los coches
para robarnos las manos,
escondernos de la noche oscura para dormir nuestras caricias
o rescindir nuestros contratos ampliando el tiempo que nos quedaba para estar juntos.
Ya no me queda pena, ni tan siquiera lagrimas que aclaren esas decisiones tuyas que tanto inquietan a los ecos recientes de ese futuro confuso
que resultó ser mañana.
Todo es relativo ahora: el amor, el dolor, la injusta sensación de que nada es nada... la envidia del pasado envuelta en imágenes robadas por las calles de un Madrid distinto sin tu mano de la mía.
El otoño se ha quedado huérfano de nosotros. Quizás no le importemos demasiado pues hay otros que alardean y recogen el testigo. Las hojas no resuenan igual sin el pisar de tus besos rozando cada espacio vacío.
El otoño grita,
avisando de que se acaba el cautiverio en el que solíamos recogernos con las hojas de los árboles.
Pero ya hay otros que hacen mantas de canciones donde acurrucarse del frio
y entretienen al olvido para que mientras tanto pasen las horas, las hojas dormidas, los versos distintos.
No estaremos, no seremos.
Ya no somos
y sin embargo al cruzar la calle
perdido en la nostalgia de la mañana he escuchado:
“cuanto te echo de menos”. Y sin querer, algo me ha recordado a ti.
Un mantra delicado y discreto para las tardes de otoño:
"Cuanto te echo de menos..."
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